martes, 12 de febrero de 2019

Skotos

El teléfono sonó varias veces antes de que Amanda lo atienda.

—¿Hola?
—Buenos días ¿Señora Amanda Kurgan?
—La misma.
—Un segundo que la comunico.

Una canción horrible comenzó a sonar por el auricular. Un par de segundos después la melodía fue interrumpida por un chasquido metálico.

—Voy a ir directo al grano —dijo la voz sin ninguna introducción— ¿Tiene terminado el reporte sobre el caso Walsh?
—Dándole los últimos retoques. Hoy envío el mail con la nota, sea la hora que sea.
—Perfecto. No falle.

El hombre cortó la comunicación. Amanda no estaba ni cerca de terminar el bendito reporte. Miró la mesa de trabajo: Papeles con anotaciones, gráficos y testimonios por todos lados, tres computadoras abiertas con material en diferentes estados de terminación y una copa de vino a medio llenar.
Iba a ser otra noche larga. Muy larga.
Abrió un cajón medio escondido que había debajo de la mesa y sacó una pequeña botella blanca con un dosificador. Se puso una gota en cada ojo y esperó que la droga haga efecto. Se trataba de una reciente solución de skotos, un médicamente creado para tratar casos extremos de narcolepsia, pero Amanda lo usaba para mantenerse despierta por más tiempo.
Había escuchado casos de personas que habían pasado tres semanas sin dormir gracias a las gotas, pero sus cerebros no lo pudieron aguantar y se volvieron locas. Ella nunca lo usó para estar despierta más de una semana.

—Esa noche es la última dosis, prometido —juró frente al reflejo de su rostro en la pantalla de la computadora.

Tres noches después, Amanda seguía trabajando de corrido. Abrió el cajón de la mesa y sacó el dosificador. Dos gotas en cada ojo y esperó.
En ese momento escuchó un golpe seco, proveniente del pasillo, que la asustó. Cautelosa, se asomó y vio como la puerta del baño se abría unos pocos centímetros para luego cerrarse de un golpe. Intentó relajarse mientras se acercaba para trabar la movediza puerta. Cuando estaba muy cerca, pisó algo extraño. Miró al suelo y descubrió una pequeña llave. Se agachó para tomarla y en ese momento notó que, por el hueco de la cerradura, había un ojo del otro lado observándola.
Amanda gritó con todas sus fuerzas mientras perdía el equilibrio y caía hacia atrás. La puerta del baño se abrió rápidamente y un hombre muy alto comenzó a seguirla. En su rostro tenía, formando una especie de W, cinco ojos que la miraban.
Ella se levantó como pudo y corrió hasta la cocina, tomó el cuchillo más grande que encontró y se quedó esperando a aquella criatura. Pero pasaron los segundos y nada pasó. Muy prudentemente, se asomó al pasillo: Estaba vacío. Aliviada, dio un gran respiro.

—Creo que es hora de parar con las gotas. Esto se me está yendo de las manos.

No terminó de decir las palabras que unos largos dedos la rodearon y, tomándola de las muñecas, le clavaron en el pecho el cuchillo que tenía en su propia mano. Intentó gritar, pero no pudo.
Finalmente perdió el equilibrio y cayó al piso.
Aquel extraño ser se paró sobre ella y la observó con sus cinco ojos. En ese momento la criatura sonrió por primera vez.

Pasó una semana hasta que alguien llamó a la policía alertado por el mal olor proveniente del departamento. Cuando los uniformados ingresaron, se encontraron con el cuerpo sin vida de Amanda tirado en la sala principal. Sobre la mesa un montón de papeles con garabatos escritos, tres computadoras sin funcionar (una de ellas sin pantalla directamente) y una copa rota. En un costado, un teléfono sin conexión oficiaba de pisapapeles.
Todo el departamento daba la apariencia de haber sido abandonado meses atrás.
No tardaron en encontrar tres baldes plásticos repletos de pequeñas botellas blancas.

Una breve investigación arrojó que no tenía trabajo hacía un semestre, cuando la habían desvinculado por su creciente adicción.
Por otro lado, la autopsia concluyó que las heridas fueron auto-infligidas. Probablemente debido a la inmensa cantidad de droga en su sistema.
Se cree que estuvo alucinando por semanas hasta que cometió suicidio.

viernes, 8 de febrero de 2019

Cuentos Largos

Creé una sección en mi web titulada "Cuentos Largos" donde iré subiendo historias que, por su cantidad de caracteres, me parece que resultan inviables para el formato blog.

Ya está subido el primer cuento "InRAM".

También es la primera vez que tengo un personaje no binario, por lo que si alguien de la comunidad LGBiT me da su opinión sobre la representación, le estaré más que agradecido.

viernes, 25 de enero de 2019

Mientras tanto

Desde que encontraron la caja en el ropero del pasillo, Martín y Sofía habían querido jugar con ella. Sabían que sus padres se opondrían, así que hicieron lo único que podían: Esperar.
No pasó mucho tiempo hasta que sus padres tuvieran que viajar por trabajo, y ambos niños se quedaron bajo la leve supervisión de su abuelo. Ni media hora había pasado desde que se marcharon, que el juego ya estaba desplegado en el piso de la sala: un —no muy reluciente— tablero Ouija.

—¿A quien contactamos? —preguntó el niño a su hermana apenas terminaron de sentarse.
—No sé ¿A la abuela?
—¿Te acordás algo de la abuela?
—La verdad que no.
—¿Y como vas a saber que es realmente la abuela? ¡Mirá si es un demonio!

Sofía no había pensado en esa posibilidad.

—Entonces podemos probar con la señora Estela.

Martín abrió los ojos con la más absoluta excitación. La señora Estela era la vecina del piso de arriba, que había fallecido seis meses atrás. Ambos niños tenían un buen recuerdo de ella, e incluso la querían por que siempre tenía galletitas para convidarles.
Estaba decidido: Sería la señora Estela. Pusieron sus dedos sobre la plantilla en forma de flecha y recitaron al unísono:

—Señora Estela, por favor preséntese.

Nada.

—Señora Estela, soy Martín, por favor responda. Denos una señal.

En el exacto momento que terminó de decir aquellas palabras, se escucharon dos golpes provenientes del piso de arriba.
Ambos niños se miraron con una mezcla de terror y entusiasmo.

—¿Cómo está señora Estela?

Pasaron unos segundos en que no se escuchó nada.

—Tenes que hacerle preguntas más simples. En lo posible que se respondan con una palabra. Si o No preferentemente —le instruyó Sofía.
—¿Y vos que sabes?
—Leí las instrucciones en la parte de atrás.

Martín sabía que había perdido esa batalla. Respiró hondo y reformuló su pregunta.

—¿Se encuentra bien? Un golpe si, dos para no.
—¿Golpes? ¿Para que usamos el tablero enton…

Sofía no terminó de reprochar a su hermano que se escucharon dos golpes bien claros.

—Dos es no… —Martín tragó saliva.

Los golpes en el techo comenzaron a repetirse a un ritmo mayor, parecido a un tambor de guerra que se acerca. Los dos niños se miraron y salieron corriendo hacia el extremo más alejado de la casa donde se quedaron abrazados presa del más profundo terror.

—¿Qué…? ¿Qué hacemos ahora? —balbuceó entre lágrimas Sofía.
—Yo no me pienso mover de acá.
—¿Y cuando se haga de noche?

Mientras tanto, en el piso de arriba, uno de los mejores carpinteros del barrio (con más de treinta años en el rubro) cambiaba las maderas del parquet que estaban deterioradas. Con suerte, en menos de una semana estaría listo para que el departamento se ponga en venta.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Movimiento Solar

Los habitantes de la ciudad hacían su vida diaria. Estaba la gran mayoría trabajando dado el horario y la gran masa de gente circulaba por las calles.
Sin embargo fue una jornada que pocos olvidarían. La causa fue que el mediodía se prolongó demasiado (algunos tardaron más que otros en darse cuenta) pero con el correr de los minutos y con ellos las horas, el rumor se convirtió en el único tema en la boca de todos: Aparentemente el sol había dejado de moverse.
Los expertos hicieron unas conjeturas preliminares, pero no llegaron a una explicación que los satisficiera. Por lo tanto se designo una agrupación gubernamental sin fines de lucro: La I.C.A.S. (Investigación del Cese Aparente del Sol).
A la semana de haber formado el comité partieron hacia la cúpula celeste. Todos los ciudadanos estaban atentos a los informes que se transmitían por radio y televisión. El comité tardó un poco mas de lo esperado debido a un pequeño percance el cual les obligo a cambiar unas de las llantas.
Cuando llegaron, bajaron del auto todos los científicos y el más joven dijo:

—Tengo una idea, puede ser tan descabellada que quizás funcione.

Se acercó lentamente a la cúpula celeste, puso sus dos manos sobre ella y empujó hacia arriba. A su espalda escuchó unas rápidas risas y la voz seca y profunda del Dr. Lin.

—Querido joven, estamos agradecidos por su entusiasmo. Pero estamos en el oeste no en el este, debe usted empujar hacia abajo.

Las risas no se detuvieron y el joven tomó varios colores. No dijo una palabra y empujó hacia abajo. Nada, la cúpula no mostró ninguna intensión de moverse.
Todos tuvieron su turno de probar teorías, pero ni la música, ni el aceite, ni siquiera un ramo de flores pudieron lograrlo.
Volvieron desconcertados. Después de analizar la situación por casi un mes, idearon un proyecto faraónico: Consistía en excavar un túnel intentando llegar así mas allá de la cúpula celeste. Tal idea estaba basada en la hipótesis de que se había acabado la energía responsable del movimiento. Hubo voces en contra que gritaban “¿Qué hacemos si no poseemos la energía suficiente? ¿O la calidad siquiera?” Pero una cosa a la vez, primero estaba saber el qué y después el cómo.
Cavaron durante semanas, las semanas se hicieron meses y los meses sumaron catorce hasta que llegaron. No exactamente donde querían porque se encontraron con algo que no esperaban: La cúpula celeste, era en realidad, una esfera celeste.
Desanimados, se miraron unos a otros, un nuevo callejón sin salida les había enterrado una posible solución.
En la conferencia de prensa estaban todos con caras largas, pero la mayoría de la gente no asistió. Había pasado tanto tiempo desde la detención del Sol que habían readaptado sus vidas.
Las horarios de trabajo eran más flexibles, los bancos abrían más horas y la inseguridad había disminuido. La economía había sentido un crecimiento, sobre todo en el sector textil (ampliamente debido a la creciente venta de cortinas dobles y triples.)
Y la vida siguió en la ciudad, como siguen todas las cosas.

miércoles, 24 de enero de 2018

Envío Express

Hans no era un hombre tan mayor, aunque su descuidado aspecto a veces lo hacía parecer uno. Estaba sentado, como todas las noches, frente a su telescopio y computadora analizando el espectro de luz en un cúmulo variable de estrellas.
La cúpula del domo evitaba que el viento exterior interfiera con los delicados instrumentos que bajo ella se encontraban.
Unos golpes en la puerta lo sacaron de su letargo científico. Sus pasos hicieron eco en el lugar, al abrir la puerta su mujer le sopló un espantasuegras justo en la nariz. Hans la siguió mirando sin inmutarse.

—¿Qué se supone que es esto?
—Un festejo de cumpleaños, tu nieta cumple siete y vos estas trabajando.

Cuando estaba diciendo eso, su hija acababa de terminar de subir los escalones y abrazó a su madre. Hans respiró profundamente, le sonrió a su mujer y ella contenta le devolvió la sonrisa. Acto seguido bajó para seguir con el cumpleaños. El hombre miró a su hija.

—Candela cumplió años el mes pasado.
—Lo sé, pero ella no se acuerda, por eso lo estamos festejando de nuevo. Además a Cande no le molesta.
—Pero después tu madre no sabe en que día vive con tanta confusión.
—Tiene alzheimer... es obvio que no va a saber en que día vive pa...
—Buen punto... termino un par de cosas y bajo al cumpleaños.
—Dale, te esperamos.

Cerró la puerta y giró sobre sus talones para volver al escritorio. Extrañamente la luz del lugar había disminuido notablemente.

—¿Es usted Arcknot?

La voz parecía salir de todos lados —y ninguno a la vez— pero algo era seguro: Retumbaba en todo el lugar.

—¿Quien... quien habla?

Un monstruo de varios metros de altura se paró bajo el rayo de luz lunar que entraba por la rendija del domo, dejando ver no solo su inmensidad sino también su feroz aspecto.
Hans retrocedió instintivamente sin dejar de mirar a aquella criatura.

—¿Es usted Arcknot? —volvió a repetir el ser.
—No... no, no.
—¿Éste no es el ciento veintiocho del monte Orundellico?
—Si... eso es correcto.
—Entonces usted es Arcknot. Firme aquí por favor.

El gigante le extendió una gran planilla. En cuanto el papel estuvo frente al rostro de Hans, una luz intensa llenó el lugar. Cuando pudo volver a percibir los objetos, observó que una especie de escaneo de su rostro asustado había quedado impreso en el papel.

—Gracias por elegirnos.
—Perdone... ¿Elegir qué?
—Nuestra empresa de transporte, ahí esta lo que ordenó.

La criatura señaló un paquete de color rojo que estaba sobre la mesa.

—¿Qué es eso?
—Usted debe saberlo. Usted lo pidió.
—Pero yo no pedí nada.
—Mire, yo solo sigo el protocolo estelar, cualquier queja puede hacerla en la ventanilla del departamento de correo intergaláctico.

Hans iba a decir algo, pero la criatura ya había desaparecido de la misma extraña manera. Ahora solo quedaba él y aquel paquete rojo.
Se acercó lentamente a la caja, tiró de las cintas que la recubrían y muy despacio levantó la tapa. Nada en el mundo lo hubiera preparado para aquello. Dentro del paquete rojo había un par de senos perfectos, junto con una parte del torso que se extendía hasta los límites del envase.

—¿Pero qué demonios?

La puerta del domo se abrió bruscamente. Su esposa entró soplando el espantasuegras y agitando unas tiras de colores. Cuando vio a su marido con la caja y los senos detuvo todo lo que estaba haciendo.

—Viejo degenerado.

Pronunció las palabras con odio y se fue antes que él pudiera decir algo. Ella, al salir, golpeó con el hombro a su hija que justo en ese momento había aparecido.

—¿Qué paso? ¿Qué le dijiste? —al terminar las preguntas sus ojos se percataron de la caja— Papá...

No dijo nada más, pero su cara expresó mucho. Dió unos pasos hacia atrás y siguió a su madre cerrando la puerta detrás de si. Hans quedó nuevamente solo con la caja.
Se quedó petrificado, como si lo hubieran encontrado robando. Lentamente, volvió a mirar la caja roja.

—Esto es simplemente ridículo.

Por las dudas, tomó un contador geiger y testeó la caja: completamente segura. Salvo por el par de senos que contenían, era perfectamente normal.
Acercó su mano temblorosa. Con la punta del dedo rozó aquella delicada piel. Se sentía increíblemente real, incluso respondían ante el estímulo.

—Increíble...

Un cosquilleo en la nuca lo hizo voltearse. Su mujer estaba en la puerta a medio sonreír con un espantasuegras en la boca y tiras de colores en la mano.

—Viejo degenerado —pronunció las palabras con odio y se fue.

Hans corrió detrás de ella —¿Pero alguien puede agarrarla? —gritó desde las escaleras y cerró la puerta con un fuerte golpe.
Resignado, volvió hacia la caja.

—Tengo que documentar esto... sea lo que sea.

Buscó entre los estantes tirando algunas fotos viejas y manuales medios llenos de tierra. Finalmente, encontró la cámara reflex que estaba buscando.
La luz era inadecuada, sobre todo porque dentro del domo reinaban bombillas rojas. Buscó en los cajones hasta tener dos bombillas incandescentes. Acercó una lámpara, le cambió la bombilla y ubicó la luz en lo que consideró era el mejor ángulo.
Enfocó con la cámara y sacó la primer foto. Encendió el flash de la cámara y repitió el procedimiento. Como si se tratase de un extraño backstage de una sesión de fotos, el flash se repitió a un ritmo acelerado. Luego de unos minutos, la máquina indicó que la memoria estaba llena.

—Viejo degenerado —escuchó detrás suyo, pero al voltearse solo llegó a ver una pierna que desapareció rápidamente escaleras abajo.

Se acercó a la puerta abierta y gritó a viva voz:

—¡MARÍA! ¡ME CAGO EN DIOS! ¿PODES AGARRAR DE UNA BUENA VEZ A TU MADRE?"

Cerró la puerta nuevamente y puso la traba. Se insultó internamente por no habérsele ocurrido hacerlo antes.

—¿Ser Arcknot? —la voz se hacía oír en cada rincón del domo.

Hans buscó a la criatura y no tardó en encontrarla, tampoco era que podía esconderse algo tan grande en ese lugar.

—En nombre del correo intergaláctico le pido disculpas por el error.
—¿Qué error?
—Tengo dos Arcknot en mi lista, no es algo común pero no es excusa. Equivocadamente le entregué a uno el paquete del otro —Hans se quedó mudo, sin saber que responderle— Si hubiera visto al otro ser Arcknot y como reclamaba su ambrosía... le juro que no era divertido. Listo, asunto arreglado.
—¿Qué cosa?
—Lo que usted solicitó.

Antes que pudiera decir algo la gran planilla estaba delante de su rostro cegándolo por unos segundos. Cuando pudo volver a ver, el gigante ya había desaparecido.
Sobre la mesa, un paquete cuadrado color bordó lo esperaba.

—Vamos a ver de que se trata esta vez.

Tiró de las cintas y levantó la tapa. Antes que pudiera siquiera pestañear una especie de cuadrúpedo de pelo negro saltó sobre él devorándolo en tres bocados.

—¿Ser Arcknot? —la voz hizo eco en el gran lugar, la cuadrúpeda bestia movió su cola al gigante— Ser Arcknot, le pido disculpas nuevamente, al parecer hay otro ciento veintiocho del monte Orundellico en el sistema solar de Libra, no tengo forma de pedirle disculpas… Ser Arcknot?

El gigante metió al cuadrúpedo en la caja y desapareció entre las sombras.
La manija de la puerta giró un par de veces pero la traba impedía que se abra.

—¿¡Hans!? —comenzó a golpear la puerta— Te estas perdiendo el cumpleaños de tu nieta. ¿¡Hans!?

miércoles, 17 de enero de 2018

Epístola

Gabriel puso las velas exactamente como indicaba aquel viejo libro, se sentó en el medio y pacientemente dibujó los símbolos que estaban indicados. Finalmente tomó el cuchillo que había preparado y miró sin pestañear el plato que tenía delante de él: Sobre la blanca porcelana se encontraba un corazón humano bañado en sangre.
Pero algo estaba mal, revisó nuevamente las páginas del libro para ver si había omitido algo. Todo estaba bien, entonces... ¿Por qué el corazón en el plato no estaba palpitando?
Habían pasado tres años ya, tres largos años desde que la vio por última vez. Su nombre era Carolina y, como suelen decir, se fue antes de tiempo. Aunque para Gabriel el tiempo nunca hubiera sido suficiente. Intentó buscar consuelo y respuestas en la ayuda divina. Pero sus supuestas soluciones eran tan vagas que sólo lograban enojarlo. Quizás por eso fue a buscar una resolución en el lado opuesto, donde los límites de la moral no están tan definidos y todo era posible... para cualquiera que esté dispuesto a pagar el precio obviamente.
Habían pasado tres años ya cuando, finalmente, dio con aquel viejo libro. Un volumen que no debería existir, escrito por un aquelarre con sangre de víctimas no tan inocentes.
En el plato que tenía frente a él, un corazón humano bañado en sangre comenzó a palpitar. Gabriel tomó el cuchillo y lo clavó en el órgano que se contraía y dilataba en forma independiente. Casi en forma instantánea la habitación se llenó de una luz tan fuerte que parecía como si el Sol mismo se hubiera materializado. Después de unos segundos la intensidad disminuyó hasta que sólo quedaron las titilantes luces de las velas.
Gabriel tardó unos segundos más hasta que sus ojos volvieron a acostumbrarse . Parpadeó un par de veces hasta que distinguió la figura que tenía a pocos metros delante: era Carolina que le sonreía. Él se arrastró empujando las velas y ella lo esperó hasta que lo tuvo en sus brazos.

—No sabía si realmente iba a funcionar —le confesó casi llorando entre sus brazos— Pero tenía que intentarlo. Me alegro de haberlo hecho.

Ella lo miró con ternura y él se perdió en sus ojos como lo hacía hace tres años.

—Te extrañé mucho ¿Sabés?
—Yo a vos.
—Y contame ¿Cómo es el cielo? —mientras formulaba la pregunta se acomodó un poco para verla mejor.

Ella sonrió dulcemente por unos segundos.

—¿Y por qué crees que estaba en el cielo?

Tardó unos segundos en entender el verdadero significado de aquellas palabras. Apenas si llegó a ver los colmillos que salían de la boca de Carolina y se clavaban en su cuello.
Gabriel se retorció en el piso, pateando las velas en espasmos salvajes hasta que finalmente todo quedó en silencio una vez más.

miércoles, 10 de enero de 2018

La Casa

Carlos tuvo una infancia inusual: criado exclusivamente por su padre en una época en que los divorcios no eran moneda corriente.
Pero sus padres no se habían separado. Cuando Carlos tenía cuatro años, su madre decidió que la vida de ama de casa no era suficiente y se marchó en una búsqueda espiritual por el mundo. Nunca más supo de ella.
El vínculo entre Carlos y Ernesto (su padre) obviamente era muy cercano, incluso en el transcurso de la época adolescente del niño. Una vez terminada la secundaria, y sin presentar una vocación definida, Carlos comenzó a trabajar con su padre en la carpintería que Ernesto había heredado a su vez de su padre. Para la sorpresa de más de uno, el recién incorporado demostró grandes habilidades manuales.
Un día, años más tarde, Ernesto no se presentó a trabajar. Dado lo inusual de la situación Carlos cerró al medio día y fue a visitar a su padre. Lo encontró aún en la cama, pálido como las sábanas blancas que estaba usando.

—Falleció de un paro cardíaco mientras dormía —le informó el médico— pasó de un sueño al otro.

Una semana después, Carlos recibió un citatorio para presentarse ante una firma de abogados. Sin saber de que se trataba se puso su mejor, y único, traje y se presentó el día solicitado en la dirección solicitada.
En una reunión totalmente formal, un abogado de apellido impronunciable le hizo entrega de los bienes que poseía su difunto padre ya que Carlos era su único heredero. Entre los inmuebles se encontraba la casa en la cual vivió Ernesto... y otra casa situada en una zona olvidada de la ciudad.

—¿Qué es esta segunda vivienda? ¿De donde salió? —interrogó, ya que su padre nunca la había mencionado.

Los abogados se miraron de reojo y finalmente el de apellido impronunciable habló:

—Su padre nos dio instrucciones específicas de mantener esa propiedad, pero se rehusaba a venderla o incluso alquilarla.

—Pero... ¿Por qué?

No hubo respuesta. Carlos tomó las llaves de la mesa y se dirigió hacia la dirección que figuraba en los papeles. El sol ya se estaba poniendo cuando la encontró: era una casa de dos pisos con ladrillos a la vista en un terreno un poco más grande de lo habitual. Pero su estado era lamentable: el pasto del patio frontal había crecido hasta el metro y medio de altura, todas las ventanas estaban tapadas con gruesas y viejas maderas y en varias partes faltaban tejas del techo. El remate de la situación lo ocupaba la gruesa reja que bordeaba la propiedad.

—Como si alguien quisiera entrar... —pensó en voz alta. Pero se dio cuenta que él estaba ahí para justamente eso.

Carlos buscó en el manojo de llaves alguna que coincidiera en la cerradura del portón y para su asombro, el mecanismo cedió con un leve chasquido.
La puerta principal estaba clausurada y aquellas maderas no parecían fáciles de quitar (y menos sin herramientas). Pronto descubrió que del lado izquierdo de la casa se abría paso un delgado pasillo que dirigía hacia el terreno del fondo de la propiedad. Con dificultad Carlos se abrió camino entre la maleza. La puerta posterior simplemente no existía.

—Esto seguramente no sea una buena idea —se dijo a si mismo mientras miraba los últimos rayos de Sol desaparecer entre los edificios distantes.

Antes de ingresar prendió la luz del celular, tragó saliva y entró. El ambiente era una enorme cocina que se había quemado hacía años, donde estaba el horno había una forma amorfa de chapas y una mancha negra que llegaba hasta el techo. En la pileta una pila de platos y ollas que despedían un olor putrefacto y eran el centro de atención tanto de moscas como de cucarachas de todo tipo y tamaños.
La cocina tenía una sola puerta que daba a un largo pasillo y este tenía a su derecha dos puertas, otra al fondo (que era la puerta principal clausurada) y a la izquierda se elevaba una desvencijada escalera que iba hacia el primer piso.
Cuando entró al pasillo notó la creciente oscuridad que envolvía todo. La luz proveniente del celular no era suficiente para los grandes ambientes de la casa, pero era mejor que nada.
La primera puerta de la izquierda daba a una habitación convertida en biblioteca, con sus paredes cubiertas de estantes desde el piso hasta el techo. En un rincón había un viejo escritorio con varios libros apilados a los costados y en el centro, un volumen encuadernado en cuero mal curado. La curiosidad pudo más que él y abrió el libro donde el viejo señalador indicaba. Se trataba de una especie de diario personal o cuaderno de notas. La escritura a mano era casi inentendible, Carlos intentó leer la última entrada:

“El espejo no volvió a mostrarme la puerta, por más que invoqué el canto extendido mientras el fuego se consumía hasta quedar solo las brazas.
Él espera del otro lado, Él desea salir de la prisión y yo seré el medio de su liberación... o moriré intentándolo.”

Si las implicaciones de aquellas palabras no lo llenaron de horror, si lo hizo la fecha en que habían sido escritas: Esa misma mañana.
Carlos cerró el libro y se dispuso a salir corriendo de ese endemoniado lugar cuando notó que no estaba solo en la habitación, una figura estaba parada bajo el marco de la puerta abierta con un gran cuchillo en la mano. El celular tembló en la mano de Carlos que estaba paralizado por el miedo. La figura ladeó su cabeza hacia la izquierda y rió con un sonido que no podía provenir de cuerdas vocales humanas. Carlos intentó gritar pero no pudo emitir ningún sonido, su cuerpo no le respondía.
La figura se acercó lentamente blandiendo el oxidado cuchillo de un lado a otro sin dejar de reír. Finalmente se detuvo a tres pasos de Carlos y se lo quedó mirando desde la oscuridad.

—¿Finalmente viniste a visitar a Mami? —dijo entre risas y el cuchillo cortó el cuello de Carlos— Ahora el ritual está completo.

Él cayó al suelo ahogándose en su propia sangre. A su lado, su madre recitaba palabras antiguas en idiomas ancestrales.