miércoles, 3 de enero de 2018

Reflejos

A Gustavo le gustaba, de pequeño, la casa de su abuela porque tenía un inmenso espejo en el living. De casi dos metros de largo y desde el techo hasta el piso ocupaba aquel cristal. A su abuelo no lo había llegado a conocer ya que había fallecido muchos años antes de que él naciera.
La casa de su abuela era enorme, resultado de viejas épocas de bonanza, y Gustavo podía ir y venir por donde quisiera. El único lugar donde su abuela lo controlaba era en el cuarto de servicio, habitación que se utilizaba básicamente para guardar toda clase de cosas.
Su abuela le decía que lo observaba en aquel lugar porque tenía miedo que se lastime con alguna de las tantas porquerías almacenadas. Pero con el paso del tiempo Gustavo se dio cuenta que ella no lo controlaba a él, su atención se centraba en uno de los objetos: Una vieja puerta con su marco. Cada vez que el niño tocaba, aunque sea sin querer, aquel gran pedazo de madera su abuela lo miraba fijamente, mientras que el resto del tiempo se la pasaba tejiendo o haciendo crucigramas.
Los años pasaron y Gustavo se fue a vivir solo. Sin ningún mueble propio, y con lo mínimo en vajilla, se acomodó en la nueva residencia. Su abuela, ya inmovilizada en una silla de ruedas, le ofreció varias cosas para completar su nuevo hogar. Y fue, mientras revisaba en aquel cuarto de servicio, que las sospechas y los recuerdos aparecieron nuevamente.

—Podes llevarte cualquier cosa menos esa vieja puerta.

La indicación provenía de su tío, el hijo mayor de la abuela. No era alguien con el que Gustavo tuviera particularmente una buena relación, tampoco mala. Simplemente era poca.

—¿Y para que quiero una puerta? Eso es una de las pocas cosas que ya viene con el departamento.
—Yo te aviso nada más.

En aquel momento no dijo nada, pero su curiosidad sobre aquel objeto prohibido se clavó en su mente.
Un par de meses después tuvo su oportunidad: Su abuela se había ido por el fin de semana en una excursión con otros jubilados y su tío estaba tapado de trabajo. Por primera vez podía observar detenidamente aquella puerta sin que nadie lo controle. Pero después de un buen rato no encontró motivo por el cual hacían tanto escándalo con aquel pedazo de madera. ¡Si ni siquiera tenía un picaporte!
Las horas pasaron y la luz en aquel atiborrado cuarto fue mermando. La pequeña bombilla del techo no ayudaba por lo que Gustavo, con mucho trabajo, llevó la puerta hacia el living que miraba al Oeste y todavía permitía que entrara la claridad por su ventana.
La vieja puerta no tenía ninguna marca, escrita o tallada. Estaba pintada con el mismo celeste horrible desde que él tenía memoria. Solamente parecía haber estado en algún tipo de inundación hace mucho, mucho tiempo.
Cansado, o más bien decepcionado, fue a buscar algo de comer a la heladera. Su abuela siempre tenía algo en caso de que alguno de sus nietos cayera sin avisar.
Cuando volvió al living, Gustavo notó algo raro. Tardó unos segundos en darse cuenta, pero con asombro comprobó que la puerta era diferente reflejada en el gran espejo. Parecía el juego de encontrar las siete diferencias entre dos imágenes prácticamente iguales. Aunque en este caso, había una sola desigualdad: la puerta del espejo tenía picaporte.
Extendió la mano, guiándose por la imagen reflejada y sintió el contacto de los dedos con el frío metálico. Con el corazón latiéndole a toda velocidad giró su mano y pudo escuchar el chasquido del cerrojo al abrirse. Las bisagras se quejaron ruidosamente mientras la vieja estructura se abría.
Gustavo miró en ese momento la verdadera puerta que se encontraba a su lado. Pero si bien sentía el peso en la mano, no estaba sujetando nada. La puerta “real” seguía cerrada. Miró nuevamente el reflejo en el espejo, mientras abría la otra puerta… del otro lado no había nada más que oscuridad.
Una leve brisa le movió el cabello. Gustavo estaba casi paralizado por el terror, pero su asombro ante aquella situación podía más que su raciocinio.
Extendió la otra mano hasta que dejó de verla dentro de aquella oscuridad, mientras que en el mundo real su brazo traspasaba la madera como si esta no existiera. Empezó a reírse, sin saber porque y alguien dentro de aquella oscuridad rió también.
Presa del más profundo terror intentó retirar rápidamente la mano, pero descubrió que no podía. No sentía que nada lo sujetaba, podía mover la mano perfectamente de aquel lado, simplemente no podía sacarla.
La risa del otro lado se hizo más presente y Gustavo luchó con desesperación por sacar el brazo de ahí. Sin que nadie o nada lo sujete, la propia oscuridad comenzó a tirar, llevándolo centímetro a centímetro hacia aquel lugar. Gustavo gritó pidiendo una ayuda que nunca apareció. Gritó con todas sus fuerzas hasta que la oscuridad lo absorbió.
La puerta en el espejo se cerró lentamente, emitiendo únicamente un leve chasquido cuando el pestillo se cerró.

1 comentario:

Nicolás Lasaïgues dijo...

Este cuento lo escribí el 9 de Enero del 2013 (hace casi cinco años!)
Supongo que la inspiración fue la propia casa de mi abuela, que era la única que conocía con cuarto de servicio (que se usaba para guardar miles de cosas).
De todas formas no había ningún espejo en el living.