miércoles, 24 de enero de 2018

Envío Express

Hans no era un hombre tan mayor, aunque su descuidado aspecto a veces lo hacía parecer uno. Estaba sentado, como todas las noches, frente a su telescopio y computadora analizando el espectro de luz en un cúmulo variable de estrellas.
La cúpula del domo evitaba que el viento exterior interfiera con los delicados instrumentos que bajo ella se encontraban.
Unos golpes en la puerta lo sacaron de su letargo científico. Sus pasos hicieron eco en el lugar, al abrir la puerta su mujer le sopló un espantasuegras justo en la nariz. Hans la siguió mirando sin inmutarse.

—¿Qué se supone que es esto?
—Un festejo de cumpleaños, tu nieta cumple siete y vos estas trabajando.

Cuando estaba diciendo eso, su hija acababa de terminar de subir los escalones y abrazó a su madre. Hans respiró profundamente, le sonrió a su mujer y ella contenta le devolvió la sonrisa. Acto seguido bajó para seguir con el cumpleaños. El hombre miró a su hija.

—Candela cumplió años el mes pasado.
—Lo sé, pero ella no se acuerda, por eso lo estamos festejando de nuevo. Además a Cande no le molesta.
—Pero después tu madre no sabe en que día vive con tanta confusión.
—Tiene alzheimer... es obvio que no va a saber en que día vive pa...
—Buen punto... termino un par de cosas y bajo al cumpleaños.
—Dale, te esperamos.

Cerró la puerta y giró sobre sus talones para volver al escritorio. Extrañamente la luz del lugar había disminuido notablemente.

—¿Es usted Arcknot?

La voz parecía salir de todos lados —y ninguno a la vez— pero algo era seguro: Retumbaba en todo el lugar.

—¿Quien... quien habla?

Un monstruo de varios metros de altura se paró bajo el rayo de luz lunar que entraba por la rendija del domo, dejando ver no solo su inmensidad sino también su feroz aspecto.
Hans retrocedió instintivamente sin dejar de mirar a aquella criatura.

—¿Es usted Arcknot? —volvió a repetir el ser.
—No... no, no.
—¿Éste no es el ciento veintiocho del monte Orundellico?
—Si... eso es correcto.
—Entonces usted es Arcknot. Firme aquí por favor.

El gigante le extendió una gran planilla. En cuanto el papel estuvo frente al rostro de Hans, una luz intensa llenó el lugar. Cuando pudo volver a percibir los objetos, observó que una especie de escaneo de su rostro asustado había quedado impreso en el papel.

—Gracias por elegirnos.
—Perdone... ¿Elegir qué?
—Nuestra empresa de transporte, ahí esta lo que ordenó.

La criatura señaló un paquete de color rojo que estaba sobre la mesa.

—¿Qué es eso?
—Usted debe saberlo. Usted lo pidió.
—Pero yo no pedí nada.
—Mire, yo solo sigo el protocolo estelar, cualquier queja puede hacerla en la ventanilla del departamento de correo intergaláctico.

Hans iba a decir algo, pero la criatura ya había desaparecido de la misma extraña manera. Ahora solo quedaba él y aquel paquete rojo.
Se acercó lentamente a la caja, tiró de las cintas que la recubrían y muy despacio levantó la tapa. Nada en el mundo lo hubiera preparado para aquello. Dentro del paquete rojo había un par de senos perfectos, junto con una parte del torso que se extendía hasta los límites del envase.

—¿Pero qué demonios?

La puerta del domo se abrió bruscamente. Su esposa entró soplando el espantasuegras y agitando unas tiras de colores. Cuando vio a su marido con la caja y los senos detuvo todo lo que estaba haciendo.

—Viejo degenerado.

Pronunció las palabras con odio y se fue antes que él pudiera decir algo. Ella, al salir, golpeó con el hombro a su hija que justo en ese momento había aparecido.

—¿Qué paso? ¿Qué le dijiste? —al terminar las preguntas sus ojos se percataron de la caja— Papá...

No dijo nada más, pero su cara expresó mucho. Dió unos pasos hacia atrás y siguió a su madre cerrando la puerta detrás de si. Hans quedó nuevamente solo con la caja.
Se quedó petrificado, como si lo hubieran encontrado robando. Lentamente, volvió a mirar la caja roja.

—Esto es simplemente ridículo.

Por las dudas, tomó un contador geiger y testeó la caja: completamente segura. Salvo por el par de senos que contenían, era perfectamente normal.
Acercó su mano temblorosa. Con la punta del dedo rozó aquella delicada piel. Se sentía increíblemente real, incluso respondían ante el estímulo.

—Increíble...

Un cosquilleo en la nuca lo hizo voltearse. Su mujer estaba en la puerta a medio sonreír con un espantasuegras en la boca y tiras de colores en la mano.

—Viejo degenerado —pronunció las palabras con odio y se fue.

Hans corrió detrás de ella —¿Pero alguien puede agarrarla? —gritó desde las escaleras y cerró la puerta con un fuerte golpe.
Resignado, volvió hacia la caja.

—Tengo que documentar esto... sea lo que sea.

Buscó entre los estantes tirando algunas fotos viejas y manuales medios llenos de tierra. Finalmente, encontró la cámara reflex que estaba buscando.
La luz era inadecuada, sobre todo porque dentro del domo reinaban bombillas rojas. Buscó en los cajones hasta tener dos bombillas incandescentes. Acercó una lámpara, le cambió la bombilla y ubicó la luz en lo que consideró era el mejor ángulo.
Enfocó con la cámara y sacó la primer foto. Encendió el flash de la cámara y repitió el procedimiento. Como si se tratase de un extraño backstage de una sesión de fotos, el flash se repitió a un ritmo acelerado. Luego de unos minutos, la máquina indicó que la memoria estaba llena.

—Viejo degenerado —escuchó detrás suyo, pero al voltearse solo llegó a ver una pierna que desapareció rápidamente escaleras abajo.

Se acercó a la puerta abierta y gritó a viva voz:

—¡MARÍA! ¡ME CAGO EN DIOS! ¿PODES AGARRAR DE UNA BUENA VEZ A TU MADRE?"

Cerró la puerta nuevamente y puso la traba. Se insultó internamente por no habérsele ocurrido hacerlo antes.

—¿Ser Arcknot? —la voz se hacía oír en cada rincón del domo.

Hans buscó a la criatura y no tardó en encontrarla, tampoco era que podía esconderse algo tan grande en ese lugar.

—En nombre del correo intergaláctico le pido disculpas por el error.
—¿Qué error?
—Tengo dos Arcknot en mi lista, no es algo común pero no es excusa. Equivocadamente le entregué a uno el paquete del otro —Hans se quedó mudo, sin saber que responderle— Si hubiera visto al otro ser Arcknot y como reclamaba su ambrosía... le juro que no era divertido. Listo, asunto arreglado.
—¿Qué cosa?
—Lo que usted solicitó.

Antes que pudiera decir algo la gran planilla estaba delante de su rostro cegándolo por unos segundos. Cuando pudo volver a ver, el gigante ya había desaparecido.
Sobre la mesa, un paquete cuadrado color bordó lo esperaba.

—Vamos a ver de que se trata esta vez.

Tiró de las cintas y levantó la tapa. Antes que pudiera siquiera pestañear una especie de cuadrúpedo de pelo negro saltó sobre él devorándolo en tres bocados.

—¿Ser Arcknot? —la voz hizo eco en el gran lugar, la cuadrúpeda bestia movió su cola al gigante— Ser Arcknot, le pido disculpas nuevamente, al parecer hay otro ciento veintiocho del monte Orundellico en el sistema solar de Libra, no tengo forma de pedirle disculpas… Ser Arcknot?

El gigante metió al cuadrúpedo en la caja y desapareció entre las sombras.
La manija de la puerta giró un par de veces pero la traba impedía que se abra.

—¿¡Hans!? —comenzó a golpear la puerta— Te estas perdiendo el cumpleaños de tu nieta. ¿¡Hans!?

1 comentario:

Nicolás Lasaïgues dijo...

Este cuento lo escribí el 03 de Julio del 2009 (Mi año más productivo).
En algún momento me gustaría hacer un cortometraje basado en este relato. Veremos.