miércoles, 20 de diciembre de 2017

Elección

Mis ojos se abrieron con la pesadumbre de la mañana. El sol me daba directamente en los ojos.

—¡Amor! ¿Por qué abriste las cortinas?
—Perdón señor, el nivel de luminiscencia será graduado para su comodidad.

    La voz era suave, pero monótona. Cuando logré abrir finalmente los ojos, encontré una máscara metálica a pocos centímetros de mi cara que me “observaba” fijamente. Pegué un grito (admito que quizás demasiado agudo y alejado de lo varonil) y al levantarme mi cabeza golpeó fuertemente contra el techo de lo pequeño que era el espacio.

—¿Se encuentra usted bien?
—Si, si… Gracias —mentí.
—En cuanto se sienta mejor, avíseme y dispondremos para usted los servicios pre solicitados.
—¿De qué estás hablando?

Me di cuenta que le estaba hablando a un robot de forma humanoide. Sin embargo, me generó más dudas pensar si tenía que tratarlo de “usted” o como un objeto, que el hecho de que sea un robot.

—Es normal que se sienta desorientado. Ahora lo llevaré a la sala de recreación.

Las piernas me temblaban, pero el fuerte brazo del androide me sirvió de sostén.
La puerta se abrió sin producir sonido alguno. La nueva habitación era color bordó y había en el centro un sillón que no se veía muy cómodo. El androide me llevó y me ayudó a sentarme. Él se quedó parado a mi lado.
Una voz, que parecía venir de todos lados, dijo:

—Bienvenido al programa de selección. A continuación le haremos unas breves preguntas para que usted, rápidamente, pueda disfrutar de su elección preferida. ¿A qué género desea pertenecer?

Después de unos segundos escuché una voz a mi lado:

—Tiene que responder señor —era el androide.
—¿Responder qué?
—Si desea ser hombre o mujer.
—Pero… Soy hombre —llevé mi mano para asegurarme que todo estaba en su lugar y respiré aliviado al comprobarlo.
—Usted a elegido “Hombre” —la voz retumbó en todo el lugar— ¿Qué raza prefiere? Recuerde que tiene la posibilidad de la improbabilidad, donde aleatoriamente se le asignará una.
—¿De qué está hablando?

Al unísono, la voz de la habitación y el androide me respondieron:

—Este es el programa de selección de personalidad, donde mediante preguntas simples usted podrá seleccionar su propia vida virtual. ¿Desea ser un pirata? ¿O quizás un conde? Todo es posible, sólo debe seleccionarlo y dedicarse a vivir su vida.
—Pero yo no quiero volver a la cosa de dormir, yo quiero ver el futuro. Quiero recorrer... lo que sea esto.
—Selección no computable, por favor, vuelva a intentar —dijo la voz de la habitación.
—¡Que no quiero dormir! Quiero ver las cosas que hay acá.
—Eso es imposible señor —esta vez fue el androide el que habló— Todos los seres de esta unidad están en las cápsulas. Ha sido así por miles de años.
—NO-QUIERO-DORMIR —dije remarcando con mis dedos cada una de las palabras.

Se escuchó un silbido agudo insoportable, intenté taparme los oídos pero no pude moverme.

—Selección de improbabilidad activada.

¡Que no! Quería gritar, pero mi cuerpo no me respondía. Sólo podía ver como una especie de imagen hacía zapping. Me estaba esforzando tanto en gritar que no vi donde se detuvo.
El androide me subió a una camilla y me llevó de regreso. En todo el trayecto yo seguía intentando gritar, pedir auxilio, algo.
Finalmente todo quedó sumergido en la oscuridad.
Mis ojos se abrieron despacio porque el sol me cegaba. Una mano, que estaba agarrada a la mía, me hacía una caricia.

—Al fin nos despertamos.

Me llevó un tiempo entender. Cuando logré ver, observé ante mí el mar más hermoso que pudiera imaginar. Bajo mis pies la arena más blanca y junto a mí, el hombre que me hablaba.
Pegué un salto alejándome de él.

—¿Qué pasa mi amor? —me dijo con una voz que intentaba ser tierna o dulce.

No-no-no-no-no. Incluso antes de comprobarlo, lo sabía. Bajé la vista y me encontré con un par de tetas enormes, agarradas por una diminuta bikini.

—¡Dios! ¡Tengo tetas! —no pude evitar decir.
—Y debo decir que son hermosas —me dijo él.

Le iba a responder todo el diccionario de puteadas. Pero eso no sucedió, es más: nada sucedió. Nunca más.
Mi rostro se puso colorado. Lo miré a los ojos y extendiéndole la mano le dije:

—¿Vamos de vuelta al agua?

Sonrió y se puso de pie. Me tomó de la mano y los dos fuimos corriendo hacia aquel hermoso mar. Yo sólo podía pensar en lo afortunada que era al haber encontrado a un hombre que me hiciera tan feliz.

1 comentario:

Nicolás Lasaïgues dijo...

Este cuento lo escribí el 04 de Octubre del 2006.
Esa primera versión es parte del libro "Recorriendo el Laberinto" y esta revisión se publicó en el Número 10 de la revista independiente "El Triángulo de la Merluza" en agosto del 2017.