miércoles, 27 de diciembre de 2017

Legado

Esta historia comienza de manera diferente, el final será el comienzo. Pues los tiempos apremian y la historia del pueblo debe permanecer.
El enemigo ha bloqueado todas las salidas posibles. A decir verdad, las únicas dos, la fortaleza en la que nos encontramos fue construida con el fin de resistir, y es por ello que esta entre las montañas de esta cordillera.
Mi nombre es Pioy, soy el escriba de su majestad Kjie, la princesa - guerrera.
El ultimo capitulo del pueblo de Qwer comienza hace cinco lunas, cuando una nube de polvo oscureció los cielos del norte. Un ejército tan innumerable que llegaba al horizonte y la tierra misma marchaba a su paso.
La invasión había comenzado.
No hubo amenazas, ni peticiones. Degollaron salvajemente a los enviados de la reina y se limitaron a esperar. Analizando la fortaleza, pero sin atacar. Al menos por un tiempo.
Su majestad Kjie, organizó la defensa en persona. Y demostró su valentía en la primera luna. Cuando el enemigo intentó atacar los muros externos. Fueron fácilmente aplastados, con simples aceites y fuego. El pueblo se tranquilizó detrás de los muros, pues sintió una victoria fácil y sencilla. Kjie sabía que no sería así.
La siguiente noche la muerte cruzó los muros. Lluvias de flechas envenenadas sisearon los cielos nocturnos durante horas. Diezmando nuestra infantería.
Varias noches consecutivas duró su ataque. Solo cuando la pálida Luna asomaba por el este despertaba la muerte y al desaparecer el último hilo de plata en el oeste, tan misteriosamente como el ataque había comenzado, cesaba.
El corazón de los hombres nobles de Qwer se llenó de terror ante la oscuridad de los invasores que esperaban el momento mas allá de los altos muros.
Se ideó un plan. Vhok, mano derecha de su majestad en las batallas y Rey de su corazón, saldría por el camino del oeste, cruzando la cordillera hacia el sur. Hacia el pueblo de Wzex, a dos lunas de distancia. Juntos los ejércitos de Qwer y Wzex podrían librar batalla justa.
Pero Vhok no regreso. Ningún ejercito vino en ayuda. Y mi señora Kjie se hundió en las tinieblas ante la pérdida.
Sabíamos que era el fin.
A la siguiente luna, una luz destelló en las murallas. Su majestad Kjie en persona, con la armadura de plata de Luna, volvía a comandar la defensa. Jamás se la vio tan decidida, su voz parecía contagiar de ánimo guerrero a todo aquel que la escuchara.
Y la esperanza en Qwer renació.
En el renacimiento de la última Luna, la balanza se puso de nuestro lado. Ante todo pronóstico, un ejército emergió del oeste. Los invasores del norte retrocedieron ante el milagro, pero no atacaron. Siguieron esperando, pacientemente.
El ejército del oeste, comandado por Vhok se acercaba a las murallas. Justo entre el enemigo y la fortaleza. Como una lanza de luz.
Las rampas se abrieron. Pero sólo Vhok pasó a través de ellas. Los jinetes se ubicaron al pie de la muralla, enfrentando al enemigo.
Vhok cabalgó sin interrupciones hasta la presencia de su amada y reina, su majestad Kjie, la princesa - guerrera. Los que presenciamos el encuentro, jamás lo olvidaremos.
Los ojos de su majestad irradiaban lo que su alma sentía. Hasta el último momento, cuando la daga de Vhok se clavaba en su cuerpo y el traidor intentaba huir por la ventana.
La herida no fue mortal, y su majestad fue llevada ante los médicos supremos, bajo la gran montaña.
Vhok logró escapar. Aquellos que lo vieron contaron que su rostro era la cara misma del terror y el dolor. Salto desde la cima de la gran muralla hacia el vacío exterior. Ignora esta cansado cuerpo los motivos y el destino del que fue una vez un gran hombre y guerrero para el pueblo de Qwer.
La herida sanó rápidamente, pero no así su majestad que según manifestó en sus últimas palabras “la traición no se perdona, se paga con la vida del traidor. Pero si se traiciona el amor, ya no hay vida posible”.
Los médicos supremos nada pudieron hacer contra la voluntad de su majestad, Kjie, la princesa - guerrera.
Así es como la luz del pueblo de Qwer se apagó, bajo las entrañas de la gran montaña. Y con ella la esperanza de todo un pueblo.
Las leyes de Qwer establecían un apoderado hasta el surgimiento de su próxima majestad. Día que jamás llegaría para nuestro pueblo.
El enemigo del norte, ahora reforzado por nuestros propios hombres, permaneció inmóvil, dejando que el dolor nos debilitara. Esperando pacientemente hasta la hora precisa.
Tarde nos dimos cuenta del trágico rumbo que el destino nos deparaba. Los invasores no pensaban gastar ni siquiera un puñado de sus hombres.
Desviaron el río Ght, para que su cause se encontrase directamente contra la gran muralla de nuestra ciudad.
Usaron nuestra mayor defensa como arma.
El terreno en desnivel permitió que la muralla actuara como dique. Conteniendo el agua.
El enemigo seguía esperando mas allá. Sus planes eran claros y tarde los habíamos comprendido.
Finalmente el agua rebasó la defensa exterior. La ciudad se inundó lentamente. Aquellos que intentaban escapar eran acribillados con flechas envenenadas. Los que permanecían, morían ahogados.
Pronto renacerá nuevamente la Luna del este, y con ella, el último hilo de vida del pueblo de Qwer. No sé cuantas vidas quedan detrás de las murallas o si soy el único sobreviviente de lo que fue alguna vez, una próspera civilización.
La oscuridad del cielo deja entrever la próxima luz mortecina que nacerá, y con ella moriré.
Puedo sentir el suelo temblar como hace cinco lunas, cada vez mas fuerte, cada vez más cerca.

Dios mío, ahí vienen...

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Elección

Mis ojos se abrieron con la pesadumbre de la mañana. El sol me daba directamente en los ojos.

—¡Amor! ¿Por qué abriste las cortinas?
—Perdón señor, el nivel de luminiscencia será graduado para su comodidad.

    La voz era suave, pero monótona. Cuando logré abrir finalmente los ojos, encontré una máscara metálica a pocos centímetros de mi cara que me “observaba” fijamente. Pegué un grito (admito que quizás demasiado agudo y alejado de lo varonil) y al levantarme mi cabeza golpeó fuertemente contra el techo de lo pequeño que era el espacio.

—¿Se encuentra usted bien?
—Si, si… Gracias —mentí.
—En cuanto se sienta mejor, avíseme y dispondremos para usted los servicios pre solicitados.
—¿De qué estás hablando?

Me di cuenta que le estaba hablando a un robot de forma humanoide. Sin embargo, me generó más dudas pensar si tenía que tratarlo de “usted” o como un objeto, que el hecho de que sea un robot.

—Es normal que se sienta desorientado. Ahora lo llevaré a la sala de recreación.

Las piernas me temblaban, pero el fuerte brazo del androide me sirvió de sostén.
La puerta se abrió sin producir sonido alguno. La nueva habitación era color bordó y había en el centro un sillón que no se veía muy cómodo. El androide me llevó y me ayudó a sentarme. Él se quedó parado a mi lado.
Una voz, que parecía venir de todos lados, dijo:

—Bienvenido al programa de selección. A continuación le haremos unas breves preguntas para que usted, rápidamente, pueda disfrutar de su elección preferida. ¿A qué género desea pertenecer?

Después de unos segundos escuché una voz a mi lado:

—Tiene que responder señor —era el androide.
—¿Responder qué?
—Si desea ser hombre o mujer.
—Pero… Soy hombre —llevé mi mano para asegurarme que todo estaba en su lugar y respiré aliviado al comprobarlo.
—Usted a elegido “Hombre” —la voz retumbó en todo el lugar— ¿Qué raza prefiere? Recuerde que tiene la posibilidad de la improbabilidad, donde aleatoriamente se le asignará una.
—¿De qué está hablando?

Al unísono, la voz de la habitación y el androide me respondieron:

—Este es el programa de selección de personalidad, donde mediante preguntas simples usted podrá seleccionar su propia vida virtual. ¿Desea ser un pirata? ¿O quizás un conde? Todo es posible, sólo debe seleccionarlo y dedicarse a vivir su vida.
—Pero yo no quiero volver a la cosa de dormir, yo quiero ver el futuro. Quiero recorrer... lo que sea esto.
—Selección no computable, por favor, vuelva a intentar —dijo la voz de la habitación.
—¡Que no quiero dormir! Quiero ver las cosas que hay acá.
—Eso es imposible señor —esta vez fue el androide el que habló— Todos los seres de esta unidad están en las cápsulas. Ha sido así por miles de años.
—NO-QUIERO-DORMIR —dije remarcando con mis dedos cada una de las palabras.

Se escuchó un silbido agudo insoportable, intenté taparme los oídos pero no pude moverme.

—Selección de improbabilidad activada.

¡Que no! Quería gritar, pero mi cuerpo no me respondía. Sólo podía ver como una especie de imagen hacía zapping. Me estaba esforzando tanto en gritar que no vi donde se detuvo.
El androide me subió a una camilla y me llevó de regreso. En todo el trayecto yo seguía intentando gritar, pedir auxilio, algo.
Finalmente todo quedó sumergido en la oscuridad.
Mis ojos se abrieron despacio porque el sol me cegaba. Una mano, que estaba agarrada a la mía, me hacía una caricia.

—Al fin nos despertamos.

Me llevó un tiempo entender. Cuando logré ver, observé ante mí el mar más hermoso que pudiera imaginar. Bajo mis pies la arena más blanca y junto a mí, el hombre que me hablaba.
Pegué un salto alejándome de él.

—¿Qué pasa mi amor? —me dijo con una voz que intentaba ser tierna o dulce.

No-no-no-no-no. Incluso antes de comprobarlo, lo sabía. Bajé la vista y me encontré con un par de tetas enormes, agarradas por una diminuta bikini.

—¡Dios! ¡Tengo tetas! —no pude evitar decir.
—Y debo decir que son hermosas —me dijo él.

Le iba a responder todo el diccionario de puteadas. Pero eso no sucedió, es más: nada sucedió. Nunca más.
Mi rostro se puso colorado. Lo miré a los ojos y extendiéndole la mano le dije:

—¿Vamos de vuelta al agua?

Sonrió y se puso de pie. Me tomó de la mano y los dos fuimos corriendo hacia aquel hermoso mar. Yo sólo podía pensar en lo afortunada que era al haber encontrado a un hombre que me hiciera tan feliz.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Culpable

Escondido en el fondo de ese vagón de tren abandonado puedo escuchar a lo lejos como se acerca la gente de la policía. Los perros de rastreo no paran de aullar sabiendo que la presa se encuentra cerca.
Pero para que entiendan mi historia, debo remontarme a unos siete años atrás, en aquella fatídica noche cuando sin querer maté a un hombre.
Yo había cumplido mis catorce años y en el campo donde vivía junto a mi familia, era ya edad suficiente para ser tratado como un adulto completo. Era una noche sin luna cuando mis padres y mis dos hermanos me dejaron solo en la casa. Mis padres porque se habían ido a una peña y mis dos hermanos estaban cazando en el monte.
No teníamos ni televisión ni radio, la verdad que no había mucho para hacer así que me había ido a acostar temprano.
Estaba durmiendo cuando un ruido afuera hizo gruñir a Roberto, el perro que dormía a los pies de mi cama. Mi padre me había contado varias veces de algunos cuatreros que, amparados por la noche, entraban a llevarse verduras de la huerta que teníamos en el fondo.
Asustado entré en el cuarto de mi hermano Agustín y agarré el fusil que tenía colgado en la cabecera de la cama, busque las balas que ocultaba entre la ropa interior y una vez cargada el arma salí con el Roberto a la oscuridad.

—¿Quien anda ahí? —grité entrecortadamente.

No tuve respuesta.
El Roberto se paralizó y comenzó a gruñir para el lado de la calle. Entrecerré los ojos para ver mejor y vi una sombra que tambaleándose se acercaba.

—Quieto o disparo, quienquiera que sea.

Aquella figura llevó su mano a la cintura y antes de que pudiera sacar su arma disparé, creo que lo hice más para asustarlo que otra cosa. Se escuchó un ruido seco y eso fue todo.
Volví a entrar a la casa y salí con el farol. A los pocos metros encontré al intruso con un agujero justito en el medio de los ojos. Se trataba de Alberto, el vecino de al lado que había vuelto de la peña con algunas copas de más y el muy borracho se había equivocado de casa.
Ahí me encontraba yo, con el Roberto a mis pies, el fusil en la mano y un cadáver desangrándose. Instantáneamente el miedo me abrazó ¿Cómo iba yo a explicar esto? Todos sabían en el pueblo que el Alberto y nosotros no nos llevábamos bien. Tuvimos varios encontronazos por la forma en que él trataba a sus perros (los tenía siempre atados con una cadena) e incluso alguna que otra vez las cosas se habían ido a las manos.
Y yo ahora estaba con el cuerpo del Alberto acostado dentro del terreno familiar.
Hice lo que tenía que hacer: volví a entrar a la casa, agarré un bolso pequeño y metí adentro la ropa que tenía limpia, abracé al Roberto por última vez y cabalgando en el Felipe abandoné la casa para nunca más volver.
El Felipe era mi caballo, ya entrado en años pero fiel. El pobre no aguantó la vida del monte y tuve que sacrificarlo a los pocos meses. Y así me quedé solo, viviendo en el monte norte donde no iba nadie ya que no había nada para cazar. Cada tanto me acercaba a los ranchos que estaban más alejados del pueblo y me llevaba algún chancho y lo carneaba. Con eso comía algunos meses.
Me había convertido en la peor criatura que existía bajo el cielo de Dios: Era un cuatrero. Pero la virgencita sabía que lo hacía por necesidad y no por vagancia. Le rezaba todas las noches pidiéndole perdón por los males que le ocasionaba a otra gente, pero que eran necesarios para que yo pueda comer y seguir viviendo.
Con el tiempo deje de volver al pueblo y me interné más en el monte. Ahí había suficiente para que una alma pecadora pueda redimirse sin lastimar a nadie.
Los días se hicieron meses y los meses se hicieron años. Pasó mucho tiempo sin que volviera a ver a otro cristiano.
Pero hace cosa de dos meses escuché a unos caballos relinchar a lo lejos. Cautelosamente me acerqué y vi a un hombre uniformado de verde junto a la policía de mi pueblo. No llegué a escuchar de que estaban hablando pero el asunto me dio mala espina y me fui volando de ahí.
Pero no estaban solos, eran en total como veinte hombres que estaban rastrillando el monte. No tardaron mucho en descubrir mi choza, pero para cuando lo hicieron yo ya me encontraba lejos.
Mi mala suerte era grande y cuando descubrí la otra patrulla que venía rastrillando el monte en sentido contrario ya estaba metido en la trampa.
Retrocedí hasta donde puede y finalmente encontré unos vagones abandonados de lo que era el ferrocarril. El tren ya no andaba desde que yo era pequeño, fruto del avance de nuestro país y el olvido de los pequeños pueblos como el nuestro.
Escondido en el fondo de este vagón de tren abandonado pude escuchar a lo lejos como se acercaba la gente de la policía. La luz del sol ya estaba desapareciendo y, pensando que quizás el manto de la noche me protegería, veo que la policía trajo linternas poderosas.
Los perros se volvieron locos en la puerta del vagón abandonado y cuando la abrieron me dejaron ciego con tantas luces apuntándome.
Me agarraron entre al menos tres y me esposaron. Yo no puse resistencia, estaba débil de comer tan poco y además seamos sinceros: me merezco mi castigo.
Apuntándome con sus escopetas me bajaron del monte y me puserion dentro de un vehículo sin ventanas. Agotado perdí la conciencia mientras me llevaban.
Me desperté detrás de las rejas de la comisaría. Me dieron un plato de comida y me preguntaron quien soy. Les dije mi nombre pero no me conocieron. Creo que todos estábamos bastante confundidos por eso.
Trajeron a alguien para que me corte el pelo y me saque la espesa barba que me había crecido en todos estos años.
El comisario se sentó a mi lado y me vuelve a preguntar quien soy.

—Juan Villalba —le digo nuevamente.

—Villalba... Villalba. ¿Y usted dice que vivía en este pueblo?

—Si, en la calle Padre Domingo al fondo.

Se ve que el comisario estaba en el pueblo hace un par de años nomas y no conocía a mi familia. Vuelve a la media hora y con rostro compungido se sienta a mi lado.

—Temo decirle que su familia ya no vive más en esa casa, se encuentra abandonada hace años.

—Claro... lo entiendo —es todo lo que llegué a balbucear.

—Se fueron luego del asunto de su hermano.

Ahí fui yo el que miró extraño al comisario.

—¿Usted no sabe nada? —preguntó.

Y moviendo la cabeza de lado a lado le respondí que no.

—Fue hace varios años ya, antes de que yo venga a parar de comisario aquí. Su hermano le dio un tiro en la cabeza a Alberto Santini. Lo encontraron con el arma en la mano y el cadáver seco en el piso.
Su hermano dijo todo el tiempo que había llegado del monte, donde se había ido a cazar. Pero no tenía ninguna presa con él. Lo encontraron culpable y lo colgaron al día siguiente.
Su familia se vio tan relegada por todo el pueblo que no pasó ni un mes que ya se habían ido vaya a saber Dios a donde. Acá no le dijeron a nadie.

—¿El agustín esta muerto?

—Bueno... si, mató a un hombre. Fue justicia. Lamento que no lo supiera. Nosotros estábamos buscando a un preso que se escapó cuando lo encontramos a usted entre los montes. Nadie va por aquellos lugares.

No pude decirle nada al comisario. Supongo que él confundió mis lágrimas cuando comencé a llorar por el Agustín.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

El extraño caso del hombre que tenía una bombilla por cabeza

Fue hace algunos años ya, más de los que deberían y sin embargo tan pocos. Todo empezó cuando un paisano llegó al grito que la luz mala se venía. Al principio pensamos que Alfonso (ése era el nombre del gaucho) había estado disfrutando un poco más de la cuenta de los placeres etílicos o que finalmente la soledad de la pampa había causado estragos en la mente del pobre hombre. Mientras intentábamos calmar su verborragia asfixiante, alguien señaló hacia el horizonte donde, efectivamente, una tenue luz titilaba. El silencio que nos invadió a todos no puede expresarse en blanco y negro. Incluso los perros dejaron de chumbar.
Recién cuando estaba a unos cincuenta metros todos lo vimos con claridad, en parte gracias a la propia luminosidad que aportaba. Don Rogelio, a pesar de tener una voz predominantemente gruesa, chilló como un cabrito y cayó en seco como si fuera un títere al que le cortan las cuerdas. Al menos media docena corrieron despavoridos gritando que el fin había llegado.
Cuando aquel hombre estuvo cerca de la Yolanda se escuchó una voz muy dulce y tranquila que dijo:

—Buenas noches.

Al mismo tiempo que toda esa esfera iluminada se inclinaba levemente hacia adelante.

—Buenas noches… —respondió la Yolanda.

Y así siguió saludando a todos los que allí nos encontrábamos. Instantáneamente tal gesto de caballerosidad –prácticamente perdido en estos días– hizo que aquel hombre nos caiga en gracia.
Fuimos todos –incluido el recién llegado– al bar “Imperial” situado a escasos metros. El ambiente era cálido mientras el vino de la casa se repartía de mano en mano, el único entre todos que no bebió fue el forastero, decía que la bebida no era lo suyo.

—¿Y qué es lo suyo? —preguntó en un momento Braulio.
—Otras cosas.

Y en verdad que eran varias otras cosas, aquel individuo sabía desde agricultura hasta de astronomía. Su rasgo más característico era sin embargo la amabilidad que emanaba de aquella bombilla parlante. Nunca elevaba la voz, nunca tomaba una pregunta como un tema demasiado fácil para responder. A todo le daba su justo lugar.
Tal fue la buena impresión que causó en todos los habitantes, que en las elecciones que hubo para alcalde el hombre con la bombilla por cabeza ganó por amplio margen sin siquiera haberse postulado.
Lamentablemente nunca llegó a ejercer su puesto, faltando menos de una semana para asumir el cargo lo encontramos la Yolanda y yo tumbado en la cama. Al principio pensamos que simplemente se había quedado dormido –cosa rara, dado que siempre se levantaba con el alba– pero la triste realidad era otra: el filamento de su cabeza estaba cortado, seguramente sucedió mientras dormía, o al menos eso esperamos.
A su funeral acudieron incluso gente de pueblos linderos. En cada rostro se podía observar el dolor, pues aquel hombre había tocado el corazón de cada uno de nosotros.
Jamás supimos su nombre, ni de donde provino. Pero en nuestro pueblo no importa el pasado, sino la marca que se deja al pasar.