miércoles, 8 de noviembre de 2017

Enfermo

Carlos era deportista, o al menos lo deportista que podía llegar a ser alguien que trabaja detrás de un escritorio. Pero para la clase de oficio que tenía, él salía a correr bastante. Además, los viernes jugaba con sus amigos al fútbol y, hasta hace poco, iba al gimnasio del barrio. A decir verdad, no eran pocas las miradas que robaba: un hombre soltero cerca de los treinta años y en buen estado era codiciado por ambos sexos.

Un viernes, faltó al partido semanal con sus amigos sin avisar. A ellos le pareció extraño, pero no le dieron mayor importancia y acomodaron los equipos para jugar. El lunes siguiente faltó al trabajo sin previo aviso, y Recursos Humanos mandó, como suele hacer, un médico a su domicilio. El clínico estaba a punto de irse después de tocar el timbre varias veces, cuando Carlos abrió la puerta.

—Buenos días, soy el Doctor González —se presentó intentando descubrir entre las sombras al dueño de la casa.

Pero el paciente no le respondió, tan sólo se corrió y lo dejó pasar. Cuando el doctor González estuvo adentro, y sus ojos se acostumbraron a la poca luz, descubrió que el lugar era un desastre: basura por todos lados, ropa sucia tirada por encima de los muebles, y un olor nauseabundo que inundaba el lugar. Pero lo que más perturbó al médico fue el estado de Carlos: el hombre estaba muy ojeroso, casi blanco, encorvado y con una pequeña joroba a la altura de los omóplatos.

Le tomó la temperatura y la presión. La primera dio bien, pero la presión estaba muy baja. Le recetó un paquete de vitaminas y que saliera un poco de la casa (intentó no hacer mención al estado en que vivía). Aliviado, el médico salió de ese lugar lo más rápido que pudo.

Pasaron dos semanas sin que se supiera nada de Carlos. Preocupados, algunos de sus compañeros se juntaron y fueron a Recursos Humanos a pedir la dirección del desaparecido. En un principio, RRHH no quería darles información por considerarla personal, pero la pobre empleada del sector se vio doblegada por la pequeña muchedumbre, y luego de un rato cedió ante el pedido.

Al día siguiente, la pequeña caravana se encaminó hacia el domicilio de Carlos. Golpearon la puerta varias veces, hasta que escucharon ruido adentro. El hombre que abrió la puerta no se parecía en nada al recuerdo que tenían de su compañero. La persona que estaba en el umbral era muy pálida, encorvada de una forma grotesca con los hombros casi a la altura del estómago, y una gigante y horrible joroba que se alzaba en mitad de la espalda.

Carlos reconoció a más de uno en forma instantánea e intentó sonreír sin lograrlo, y con un gesto los invitó a pasar. El lugar era como una gran bolsa de residuos: Comida podrida dejada sobre la mesa donde las cucarachas disfrutaban a lo grande, ropa sucia tirada por el piso bajo una nube de moscas zumbando, y varias cosas que nadie sabía como catalogar.

Carlos se mostraba animado, como si fuera un niño que recibe amigos. Sin previo aviso, su emoción fue interrumpida por convulsiones, y el jorobado comenzó a sacudirse violentamente echando espuma por la boca. Cuando su cuerpo cayó al piso, ya no respiraba. Carlos tenía los ojos totalmente blancos clavados en un punto lejano, mientras su renegrida lengua viscosa se dejaba ver afuera de la boca.

A pesar del horror de la situación, Miguel, uno de los compañeros de trabajo de Carlos, se acercó lentamente al cuerpo inmóvil y estiró la mano para tomarle el pulso. Cuando sus dedos estaban a tan sólo unos centímetros de Carlos, notó que la joroba del caído se movió rápidamente.

Miguel saltó hacia atrás presa del terror.

—¿Alguno vio eso?
—...La joroba... está viva —tartamudeó alguien desde atrás.

En efecto, la joroba de Carlos se había sacudido y, muy despacio, se arrastró un poco hacia arriba y un poco hacia abajo de la espalda. Uno del grupo no pudo aguantar y vomitó. La joroba se quedó quieta de repente. Nadie entre los visitantes respiraba, aunque tampoco podían despegar la vista del cuerpo en el piso.

La remera de Carlos se abrió por la espalda, desde el cuello hasta la cintura. La rasgó un dedo en extremo fino y cubierto de horribles pelos negros. Acto seguido aquel dedo salió muy despacio, dejando al descubierto que era muy largo, casi de un metro hasta donde se podía ver.

Uno del grupo logró salir de su estupor y, en forma muy lenta, empezó a caminar hacia la puerta sin dejar de mirar aquel abominable dedo. Cuando una segunda falange se asomó, su horror fue tal que giró y corrió hacia la salida. Otros comenzaron a imitarlo, aunque eran ya cinco los dedos negros que habían aparecido. Cuando estaban a punto de cruzar la puerta, un golpe seco los detuvo. Se volvieron a mirar y observaron que Miguel estaba parado en una posición extraña, y sus ojos ahora completamente blancos, miraban al vacío. En su pecho, una horrible araña se acomodaba aferrándose fuertemente.

La ahora espalda desnuda de Carlos, mostraba las vértebras de la columna expuestas y toda la piel alrededor era de un color rosado blancuzco.
El hombre que estaba más cerca de la puerta le gritó a sus compañeros que huyeran, cuando otra araña que caminaba por el techo lo aferró por la cabeza. Una mujer comenzó a gritar desesperada sin darse cuenta de que más bestias habían aparecido en la sala.

El hombre que había caído en la entrada se puso de pie, se asomó a la vereda y miró con sus ojos blancos hacia ambos lados de la calle. Luego, medio encorvado, cerró la puerta.

En la casa ya no se escuchaban más gritos.

1 comentario:

Nicolás Lasaïgues dijo...

Este cuento lo escribí originalmente el 19 de Febrero del 2012.
Una versión más corta (la que pudieron leer recién) se escribió el 29 de Septiembre del 2014 y fue incluida en la antología “Lo Ominoso” (en homenaje al escritor H. P. Lovecraft). Publicada en Marzo del 2015 por la Editorial Thelema.