miércoles, 25 de octubre de 2017

Comida

Kleh camina junto a su manada, como hace todos los días. Sus pasos son lentos, pues su cuerpo también lo es. En sus seis patas se distribuye todo su enorme peso: Tres de ellas resisten, mientras el resto avanza.
Como todos los días, están buscando alimento: La dulce y tierna Hji. La hierba, que antes se encontraba en abundancia, exige caminar largos trechos para hallarla en esta época de escasez.
Por supuesto que hay otras cosas para comer, pero no son tan sabrosas como el Hji. Kleh sabe, por ejemplo, que la Gbu es muchísimo más nutritiva… Pero es áspera y no tiene muy buen sabor. También está la flor del Cfrty que, si bien es deliciosa, no le alcanza ni para llenarle una muela. Y la cantidad necesaria para saciarlo… Bueno, simplemente le da pereza pensar en todo el esfuerzo que eso llevaría.
El día de hoy han caminado un buen trayecto, pero ninguno de la pequeña manada muestra signos de desgaste.
Kleh se aleja unos momentos del sendero porque ve algunas Cfrty a pocos metros, y nunca se desprecia un bocadillo entre comidas. Cuando está a punto de dar el primer bocado, siente como todo el piso tiembla. Mira en todas direcciones buscando alguna respuesta, pero solo observa que su manada se ha reducido de tres integrantes… A solo dos.
Para el cerebro de Kleh eso no es problema, un animal con su tamaño tiene pocos depredadores y ellos no atacan a la manada, solo lo hacen cuando encuentran alguna víctima solitaria y desprotegida. Pero Kleh está acompañado. No hay peligro.
¿En que estábamos? Ah, sí. La flor de Cfrty…
Kleh abre nuevamente su boca para degustar aquel dulce, cuando la tierra vuelve a temblar. Mira a su alrededor y, con horror, se da cuenta que se encuentra absolutamente solo.
Siente el miedo en todo el cuerpo. El terreno es desconocido y, para colmo de males, hay demasiadas rocas desde las cuales los depredadores pueden atacarlo.
Kleh avanza a pasos rápidos, al menos tan rápidos como su masa lo permite. A los pocos metros siente como el piso tiembla una vez más. Presa del pánico mira en todas direcciones esperando una emboscada: Adelante, detrás, arriba y a los costados. Sus ojos corren de una posición a otra con miedo.
El piso sigue retumbando en un segundo final y Kleh observa resignado como la roca que está a su lado se abalanza sobre él con la boca abierta.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Escondidas

El juego preferido de Martina era, por lejos, el de las escondidas. Le encantaba tener que ocultarse y esperar que otro la busque incansablemente.
Con el correr de los años se había vuelto bastante buena en el arte de camuflarse entre los objetos que la rodeaban. O al menos, eso es lo que ella se decía. El truco consistía en mantenerse perfectamente quieta, evitando de esa manera, producir cualquier sonido que delate su posición.
Esa mañana de sábado iba a jugar a la casa de Julieta, que era una de sus mejores amigas. Le gustaba ir porque Julieta tenía una hermana llamada Victoria, de tan solo dos años menor que ellas, que podían incluir en los juegos.
Los padres de su amiga la pasaron a buscar por su casa y ya en el auto las tres jugaban a las adivinanzas. Mientras manejaba, el padre les informó que tendrían que pasar por su trabajo unos minutos. Llegaron al gran edificio y las tres niñas rogaron a la Madre si podían bajar.

—Ignacio, quieren ir con vos ¿Se te complica mucho si las llevas?
—Ehhh. Sólo si prometen portarse bien y no hacer lío. Y ustedes dos cuidan a Victoria que es más chica ¿Entendido? —las tres niñas asintieron contentas.
—Yo me quedo en el auto que está lindo a la sombra —agregó la madre y rápidamente sacó la biografía que estaba leyendo.

Los cuatro bajaron del auto. El padre de Julieta las dejó en una sala de espera mientras entraba en una oficina a verse con alguien.
Las tres niñas aprovecharon para investigar. El lugar era increíble para jugar. Julieta pronto reconoció la puerta que daba al pasillo donde trabajaba su padre. Sabían que tenían prohibido entrar ahí, pero los adultos no estaban en ese momento.

—3,2,1… ¡Ahi voy! —avisó con todas sus fuerzas Julieta.

Frente a ella tenía el gran pasillo. Dos puertas a cada lado y una al fondo. Julieta tenía miedo que al estar ocupada en una de las habitaciones, su amiga o su hermana salgan corriendo de otra y lleguen a salvarse tocando la pared antes que ella.
Decidió que lo mejor era asomarse a cada una de las oficinas y ver que posibilidades había de que alguien este escondido ahí. Satisfecha con su táctica empezó por la primera puerta de la derecha: Se asomó y prendió la luz. Era el cuarto de archivos, cajas con papeles del piso al techo. Ahí no había lugar posible para esconderse. En cuanto Julieta se dio vuelta para encarar hacia la oficina del otro lado del pasillo vio, por el rabillo de su ojo, un movimiento detrás de la otra puerta de la izquierda.
Corrió y la abrió de un tirón. Justo para ver que alguien se ocultaba detrás del gran escritorio de su padre. Pisando apenas con la punta de los pies se acercó lo suficiente para descubrir a su hermana Victoria acuclillada.

—¡Piedra libre para Victoria detrás del escritorio! —las palabras no habían terminado de hacer eco en la habitación que las dos niñas ya estaban corriendo.

Julieta, al querer salir de la oficina, enganchó su vestido con el picaporte y casi la tiró al piso. Esto fue aprovechado por Victoria para llegar antes a la pared y salvarse. La pequeña no podía contener la sonrisa en su rostro de haber vencido, aunque con ayuda, a su hermana mayor.
Julieta debería encontrar si o si a Martina. De otra forma le tocaría contar de nuevo.
Quedaban dos puertas: la segunda de la derecha y la del fondo. Como la primera estaba cerrada con llave, Martina tendría que estar escondida en la habitación del fondo.
Julieta abrió la puerta y encendió la luz. Esa era la habitación más grande del lugar y donde su padre pasaba la mayor parte del tiempo.

—¡Julieta! ¿Qué te dije de jugar acá? —la voz resonó tanto que la pequeña tuvo que ahogar un grito.
—Pero Papá, no estábamos haciendo nada…
—Ya les dije que es peligroso. Salgan las dos, vayan con su madre. Termino un trabajo atrasado y estoy con ustedes.
—Esperá que le… —pero su padre no la dejó terminar.
—SALGAN, AHORA.

Julieta sabía que era imposible discutir. Ya su padre encontraría a Martina y la mandaría también afuera.
Tomó de la mano a su hermana y cruzaron la puerta.
Ignacio bufó, no le gustaba estar tan atrasado en su trabajo.
Prendió la radio y se relajó un poco al escuchar que pasaban una canción de su juventud. Ya más tranquilo, accionó el interruptor que habría la puerta del gran horno y empujó el féretro hacia adentro. Prendió las potentes llamas y se sentó a llenar los papeles de la cremación que si bien era simbólica, ya que había sólo objetos y no un cadáver, el papelerío era el mismo.
Nunca escuchó los gritos de Martina escondida adentro del ataúd.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Lechuga

Miguel volvía, como todos los miércoles, de hacer sus compras semanales en la verdulería que quedaba a la vuelta de su casa.
Como tantas otras veces, volvía con bolsas en ambas manos que le marcaban hasta dejarle unos surcos color bermellón que tardaban varios minutos en disiparse.
Con destreza guardó todo en la pequeña heladera de su departamento y, con satisfacción, observó el placer de no ver ningún espacio sin ocupar. Sabía que el efecto duraría sólo dos días, tres como mucho, pero no podía evitar sentir ese calor en el pecho que tan bien le hacía.

Un par de días después, Miguel se dispuso a hacerse una ensalada de lechuga, tomate y repollo colorado. Sacó los elementos y cortó varias hojas de lechuga, las tiró en la pileta para lavarlas. En ese momento notó un repugnante y gigantesco hongo en una de las hojas.
Apuntó el chorro de agua directamente hacia la verde-azulada asquerosidad con la esperanza de que salga en su mayoría por la presión del agua.

—¡Hey!¡Hey! ¡Eso duele!

Miguel se dio vuelta presa del susto ante la inesperada voz.

—Che, Roberto. Acá abajo. Sacame el agua de la cara.

Miguel miró hacia el hongo sobre la hoja de lechuga. Sin realmente pensarlo, cerró la canilla de agua.

—Gracias, mucho mejor Roberto. Mi nombre es Trix. Un gusto.

—Mi… mi nombre es Miguel, no Roberto —las palabras apenas se escuchaban.

—¿Estas seguro? Tenes cara de Roberto. Para mi sos un Roberto.

—Si, si… seguro.

—¿Seguro que sos Roberto?

—No, seguro que soy Miguel...

—Quien soy yo para juzgar la cara de las personas. Si decís que te llamas Marcos, sos Marcos.

—Miguel

—Es lo que dije, Miguel

—¿Cómo…? ¿Cómo es que podes hablar?

—No lo sé ¿Cómo podes vos?

Miguel no sabía como contestar a eso.

—Entonces… ¿Qué hago? ¿Esta hoja de lechuga es tu territorio…?

—Toda la planta de lechuga que tenes en la mano es parte de mi cuerpo, vivo en armonía con toda su esencia.

—Pero... hace dos minutos corté esta hoja para lavarla. Me estaba haciendo una ensalada

—¿¡QUÉ!? ¿¡POR QUÉ CORTASTE LA HOJA?! ¿QUÉ CLASE DE SÁDICO SOS?

—¡POR QUE ME IBA A HACER UNA ENSALADA!

Trix no respondió, comenzó a balbucear hasta que finalmente exhaló por última vez.
Miguel se quedó mirando la hoja de lechuga por más de media hora, después fue al fondo de su casa y la enterró a pocos centímetros de profundidad. No dio ningún discurso, simplemente volvió a la cocina, tiró al tacho de basura las otras hojas de lechuga, los dos tomates y el repollo colorado. Abrió un paquete de galletas de agua y las comió despacio sentado en un rincón.
No volvió a comer una ensalada.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Oráculo

Después de caminar innumerables días finalmente llegó. La gran montaña donde vivía el oráculo se alzaba delante de él.
Cuando entró a la caverna, inmensa por donde se la mire, un frío recorrió todo su cuerpo. En el medio del recinto unas escaleras se alzaban, grandiosas y majestuosas, hasta el gran trono donde una figura lo observaba con ojos profundos.

—Disculpe ¿Es usted el oráculo? —la voz del visitante hizo eco en toda la caverna.
—Por supuesto, de otra manera no estaría aquí.

La figura del trono se veía agotada, cansada. Su voz era rasposa, pero imponente.

—Es que… tenía entendido que el oráculo era… bueno, un unicornio.
—Es verdad lo que dices, pero los poderes que en mí viven, más allá de mostrarme el tiempo sin tiempo, permiten cambiar mi apariencia a voluntad. En esta era, mi elección es la que ves: un centauro.

El visitante asintió un par de veces, aunque estaba convencido que había apariencias más cómodas para estar sentado todo el día.

—¡Oh, Gran oráculo! Vengo desde muy lejos para consultarte por mi pueblo —el centauro comenzó a toser— ¿Oráculo? ¿Or…?

La gran figura del trono se desplomó en el suelo. El visitante, después de unos segundo de incertidumbre, comenzó a subir uno a uno los grandes escalones hasta llegar a la cima. Encontró al oráculo arrastrándose hacia la parte posterior del trono, pero cuando aún quedaban sus patas traseras a la vista, exhaló una última vez y dejó de moverse.
El visitante se acercó y descubrió, para su asombro, que detrás del trono emergía una nueva caverna más grande incluso que la primera. Esta segunda gruta estaba repleta de esqueletos hasta donde llegaba la vista.
Tomó al centauro por sus patas delanteras y con gran esfuerzo lo arrastró hasta el montículo más cercano de cadáveres. No sabía muy bien porque lo había hecho, simplemente parecía lo correcto. Estaba a punto de emprender el camino de regreso cuando uno de los cuerpo en descomposición llamó su atención. Obviamente era el más reciente de ellos: un unicornio.
Cuando emergió otra vez desde la parte posterior del trono, una voz retumbó en la caverna principal.

—Disculpe ¿Es usted el oráculo?

Observó al nuevo visitante desde las alturas. Sacudió sus ropas y sin pensarlo mucho se sentó en el trono.

—Por supuesto, sino no estaría aquí.
—Pensaba que el oráculo era una… hidra.
—Verdad, pero mis poderes del tiempo… ejem, me permiten cambiar mi apariencia a voluntad ¿Y que mejor elección que la de un grifo?