miércoles, 27 de septiembre de 2017

Pequeña Modificación

—¿Cuál es el problema? —pregunta de mala manera Morris.

Aclaro que Morris es un tipo corpulento, algo no habitual en ese trabajo, pero sus extensos conocimientos en física, mecánica y química le valieron un lugar adelante de muchos otros candidatos.

—¿Entonces? —volvió a inquirir.

—Nada, es que simplemente no estoy conforme.

La otra voz es de González, un tipo que parece haber nacido con ojeras y una voz rota.

—Con vos es siempre lo mismo, sos un quejoso que nunca va a estar conforme.

—Puede ser, pero no veo en que te afecta.

—¡Que yo soy el que tengo que escucharte!

González no le responde, sabe que cuando Morris grita es mejor no hacer nada. El último que le devolvió el grito gastó una fortuna en el dentista.
Morris bufa y se va de la habitación, González se sumerge entonces en sus pensamientos. Ninguno se vuelve a dirigir la palabra hasta la cena.
Después de varias tareas de mantenimiento la mesa esta puesta y el chef ya tiene todo listo.
González entra en el salón y mira pensativo por la ventana, en eso ingresa Morris.

—¿Y a este que le pasa? —pregunta el chef a Morris.

—Tiene otra crisis existencial: No le gusta su trabajo.

—Le gusta una semana, no le gusta otra semana. Me parece que no sabe lo que quiere.

—No es eso —responde Gonzáles medio entre lágrimas— Es que... Este trabajo no me hace feliz.

—¿Feliz? ¡Pero si vos no te dejas ser feliz! Siempre vas a encontrar algo para joderte la existencia.

—Puede ser, sin embargo no puedo dejar de buscar.

—Hay un chiste viejo —comienza el chef— Que contaba que había un edificio, donde podías ir a conseguir trabajo, el trabajo que quisieras. El asunto era que si lo que había en ese piso no te gustaba, podías ir un piso arriba, pero nunca bajar. Entonces este hombre va al primer piso donde dice "Acá hay trabajo digno", él da su aprobación pero decide subir un piso más...

—¿Es muy largo? —pregunta Morris con pocas pulgas.

—No. Entonces al llegar al segundo piso donde dice "Acá hay trabajo digno y bien remunerado", el hombre suspira pero de todas formas decide subir un piso más. En el tercer piso el cartel dice "Acá hay trabajo digno, bien remunerado y con jornada reducida". El hombre aplaude pero le intriga saber que hay en el piso superior, así que sube otro piso más donde dice...

—Usted es el hombre treinta y ocho millones que llega a este piso, lo cual comprueba que jamás se puede satisfacer a una persona —termina de decir Gonzalez con su voz monótona.

—Pero mirá que hay que ser pelotudo para cagarle un chiste a alguien ¿Eh? Y no eran treinta y ocho millones, eran cuarenta y dos.

El Chef tira los platos con comida sobre la mesa de mala gana y vuelve a la cocina. Morris se ríe por lo bajo. No por el chiste en si, sino porque le agrada cuando el chef se enoja.
Los tres comen sin hablar, intentando hacer que los bocados lleguen a sus estómagos.

—Bueno ¿Y que tal estaba la comida? —el intento de sonrisa del Chef da miedo.

—Comible —es la seca respuesta de González.

Morris ni se molesta en responder, solamente se levanta y se va. Los pasos lentos y pesados se escuchan incluso después que la puerta ya se cerró. Cuando el Chef vuelve a salir de la cocina González yo no esta ahí, había desaparecido sin hacer ruido.

—Malagradecidos —refunfuña entre dientes y vuelve a la cocina.

Gonzáles llega al puesto de comando, una serie interminable de botones titilantes. Él sabe exactamente que función cumple cada uno de ellos, él ahí es un Dios. La pantalla sobre la gran consola muestra las estadísticas de las cuatrocientas dieciséis variables que maneja, si lo desea puede examinar de a una, dos o cuatro al mismo tiempo con un detalle de una milésima de segundo. Aunque realmente jamás necesito ser tan específico. Se recuesta en la silla y pulsa play en el equipo de música, la melodía invade todo el lugar y poco a poco González se deja caer en los dominios de Morfeo.

Tres módulos más abajo Morris bufa por la música que le llega por los conductos de ventilación, odia esa música. Conecta los motores y el ruido que hacen es tan intenso que deja de oírla, a decir verdad deja de oír cualquier otra cosa.

Cuando González se despierta la música ya no esta sonando, en cambio un pitido acompañado de una luz roja intermitente baña todo el lugar. Rápidamente se acerca a la consola y comienza a apretar una serie predefinida de botones. A los pocos segundos la pequeña luz roja deja de parpadear, pero a González no le preocupa eso, sino la gráfica que muestra la pantalla: una de las variables crece lento pero inexorablemente.
Corriendo sale del puesto de comando.

—¡Morris! ¡Chef!

—¿Qué? ¡Mi comida no te hizo eso! —se ataja de antemano el Chef.

—¡Que no es nada con tu comida! ¿Dónde esta Morris?

—Con las máquinas ¿Dónde más?

—Preparate para abandonar la base.

—¿Qué?

—¡Lo que oíste mierda!

El Chef corre de nuevo a la cocina mientras González desciende por la escalera en busca de Morris. Las escaleras resuenan a cada paso.

—¿Morris? ¿Dónde estas? ¡¡Morris!!

—Acá estoy cabrón, no grites —su voz era tranquila, pausada.

—Tenemos que huir, antes que sea tarde.

—¿Huir? ¿Para que?

—¿Cómo para que? Si nos quedamos vamos a morir.

—No lo creo.

—¿Eh?...

—El sistema no se está desestabilizando porque sí, fui yo el que lo causó.

La estructura entera retumba y se sacude, presa de las fuerzas exteriores.

—¡Detuviste la fusión de hidrógeno! ¡La gravedad nos va a matar a todos!

—Quizás si... Quizás no.

González no sabe si pegarle. Opta por volver a subir corriendo las escaleras mientras todo se sacude por las grandes explosiones exteriores.

—¡Chef! ¡Nos vamos!

—¿Y Morris?

—Él se queda.

El Chef iba a preguntar algo pero una nueva sacudida lo levanta del suelo, ambos se ponen a correr hacia la cápsula de emergencia. Cuando llegan el botón de apertura no responde. González presiona histéricamente el interruptor una y otra vez.

—¡Mierda! ¿Porque no responde?

La pantalla sobre la pared le responde automáticamente: "La puerta fue clausurada debido al excesivo calor exterior: Trece millones de grados Kelvin"
De repente todo se detiene, todo se silencia. González y el Chef se miran sin entender, ambos corren hacia la ventana más cercana.
Afuera el espectáculo es hermoso: un océano de colores en movimiento.

—Pero… —el Chef no puede terminar la frase sin quedarse con la boca abierta.

—Te dije que no iba a pasar nada.

Ambos se dan vuelta asustados para encontrar a Morris con una sonrisa enorme.

—¿Qué hiciste?

—Lo que dijiste: detuve la fusión de hidrógeno —tanto González como el Chef se miran— Es una teoría que tenía, esta estrella se mantenía estable porque la gravedad y nuestra fusión emitían las mismas energías, pero nosotros estábamos encerrados acá desde hace veinticinco millones de años y la verdad ya estaba cansado. Al detener la fusión, la gravedad fue la fuerza superior y comprimió toda la estrella...

—Eso lo sabía pedazo de loco ¡Pensé que íbamos a morir! —interrumpe González.

—Eso es lo que te enseñan. Pero hace años que vengo juntando información que me indicaba lo contrario. Nosotros, si bien manejamos la fusión del hidrógeno en helio, hacemos solo eso: la controlamos, la mantenemos estable. Pero no la creamos.

—¿Y?

—Gonzáles, la física es mucho más sabia. Al dejar de controlar la fusión, la estrella siguió su siclo natural: se convirtió en una gigante roja.

—¿Pero las gigantes rojas no son diferentes?

—Nuevamente Chef: eso es lo que te enseñan. Pero no significa que sea verdad.

—¿O sea que ahora vamos a ver todo rojo en vez de amarillo?

—¿Vos crees que hubiera arriesgado todo solo para ESE cambio?

—No... no creo que hayas arriesgado nada —reflexiona en voz alta González— Creo que sabías lo que iba a pasar.

—Finalmente me vas conociendo cabrón. ¿Porque no miran por la ventana?

González y el Chef no pueden creer los hermosos colores que ven. Y menos aún la cantidad de estrellas que se van colando en los espacios negros en los cuales el gas no logra ya llenar.

—Muchachos, les presento nuestro nuevo hogar: Una nebulosa planetaria.

Los tres sonríen con agrado, cada uno por su propio motivo: González porque pudo encontrar nuevamente algo que lo hace feliz, Morris por sentirse útil después de tanto tiempo y el Chef simplemente porque le gustan las cosas bellas.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

La Foto

Tenía tan sólo seis años cuando falleció su abuelo. Si bien no tenía muchos recuerdos con él, una sensación de incomodidad lo acompañaría por el resto de su vida. Las pocas veces que estuvieron juntos en la misma habitación, el anciano lo observaba con una intensidad en sus ojos que sólo era comparable al odio. Por supuesto que eso llenaba de completo terror al pequeño.
Sus padres no le permitieron ir al funeral aduciendo que no lo entendería y él les creyó (¿Por qué no iba a hacerlo?) De alguna forma guardó una foto de su abuelo parado delante de un gran cortinado, con un enorme sombrero y su larga barba cayendo hasta la cintura.

Veinte años después, ya convertido en hombre, fallece su Mamá. Sus padres se habían separado hace tiempo y Papá estaba con su nueva familia. En otras palabras: era su trabajo ocuparse de las cosas en el departamento de su Madre.
Era un inmueble enorme con cuatro habitaciones más una dependencia de servicio devenida en una especie de taller de costura abarrotada de cosas. Decidió empezar por lo más difícil y encaró hacia el taller.
Tres días después llegó hasta el guardarropa que estaba en el fondo de la habitación, para su suerte no se encontraba tan repleto. Al mover una vieja valija descubrió una pequeña puerta falsa. Movido por la curiosidad intentó abrirla de varias formas, todas sin resultado. Incluso llegó a usar una barreta, pero todo parecía indicar que los años —y las sucesivas capas de pintura— habían sellado la puerta de tal forma que iba a ser imposible abrirla. Resignado aceptó su derrota y continuó con las tareas.
A la mañana siguiente advirtió que la pequeña puerta en el fondo del guardarropa estaba abierta. Su primer instinto fue mirar hacia todos lados, como si buscara al responsable de aquel milagro. Pronto se convenció de que sus esfuerzos del día anterior habían logrado su cometido, sólo que no instantáneamente.
El compartimento era más chico de lo que habían imaginado y sólo contenía una vieja caja en muy mal estado. Con cuidado la retiró del escondite y al quitar la tapa descubrió, para su asombro, que adentro había un enorme sombrero que rápidamente identificó como el de su abuelo. Lo sacó con mucho cuidado, tratándolo como una reliquia. Debajo había una mata de pelo que retiró con asco y al desenrollarse comprendió lo que realmente era: una larga barba.
Así se encontraba, con el sombrero en una mano y la barba falsa en la otra cuando notó algo más pegado en el interior de la caja. La acercó a la ventana para tener más luz y ahí estaba la vieja fotografía de su abuelo parado delante del cortinado, con su sombrero y su barba.
El espejo que había en la puerta de un armario le devolvió su imagen, había algo extraño en el reflejo. Sus manos se movieron automáticamente, llevando el sombrero a la cabeza y la barba postiza a su rostro.
En ese momento comprendió, mientras fruncía sus cejas, que la persona en aquella vieja fotografía era él.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Elefantes

Manuel apoya la última caja que descargó del camión. Oficialmente, ya está mudado. Es una pequeña casa sobre un local, con una puertecita linda y una escalera enorme, interminable, que parece subir hasta las nubes. Una sonrisa se forma en su rostro, le gusta su casa nueva.
Es mediodía y la heladera no está ni enchufada. Por suerte, enfrente hay un mini-mercado. Toma un poco de dinero y cruza por el medio de la calle.
Primero piensa en comprar unos fideos, pero descarta la idea por parecerle mucho trabajo. Finalmente toma una lata de jardinera, otra de choclo y un paquete de arroz. Haciendo equilibrio llega hasta la caja para pagar. Una señora mayor, que ya estaba en la fila, se da vuelta y le sonríe. Manuel le devuelve el gesto.
La fila avanza lento. Pasado unos minutos, le toca el turno a la señora y Manuel apoya cuidadosamente sus latas en el borde de la cinta. La anciana lo mira un par de veces hasta que se anima a hablarle.

—¿Vos sos el nene que se mudó enfrente, no? A la casa de arriba.

Manuel se siente un poco incómodo con que le digan “nene”, pero de todas formas responde con una sonrisa.

—Si, la de ahí. Cruzando la calle.

—Recuerdo cuando era pequeña, antes ahí funcionaba un jardín de infantes. No recuerdo el nombre… Bueno, el asunto es que un día un vagabundo, de esos que andan siempre rodeado de gatos ¿Viste? Bueno, se metió en el jardín y, así como así, mató a todos los chicos y a la maestras ¡De la nada! La policía lo mató antes de que pudiera decir una palabra ¡Pobres chiquitos! El mundo viene mal hace rato. Recuerdo que justo pasaba por ahí cuando sacaron el cuerpo del vagabundo en una camilla. Mi padre me llevaba al zoológico y yo tenía en mi mano a mi elefantito rosa —larga un suspiro y pestañea un par de veces, como saliendo del recuerdo— Bueno. Bienvenido al barrio, nene.
Se da media vuelta y con pequeños pasos se va del local. Manuel no puede salir de su asombro y se mira con la cajera.

—Simpática la vieja —logra decir finalmente.

Ella le devuelve la sonrisa. Manuel piensa que es linda pero no se anima a decirle nada. Paga y regresa cruzando por el medio de la calle a su casa. Cuando cierra la puerta se siente algo incómodo. Recorre las habitaciones y en el baño se fija detrás de la cortina. Luego y solo luego se sienta a comer.
El resto del día se la pasa ordenando sus pertenencias y no puede evitar pensar la cantidad de porquerías que uno junta con el tiempo.
Llega la noche y decide dar por terminada esa jornada, se da un baño caliente y se sirve los restos del almuerzo. Sin previo aviso, la casa queda a oscuras.

—¿Ya empezamos con los cortes de luz? ¡Pero si no es verano todavía!

Se asoma por la ventana y observa que el resto de las casas tienen energía. Entre dientes insulta esperando que sólo haya saltado la térmica. De otra forma va a tener que gastar un dinero, que no tenía planificado, en un electricista.
Muy lentamente, intentando evitar cajas y muebles en la oscuridad, va hasta la cocina. Recuerda que el disyuntor está detrás de la heladera. Mete su brazo entre esta y la pared. Palpa los azulejos hasta que da con la pequeña puerta metálica.
Nota algo en la oscuridad de la sala y siente como su nuca se eriza del miedo. Puede sentir las palpitaciones en su pecho tan claras como un tambor.
Ríe para intentar calmarse, pero se detiene cuando descubre aquello que llamó su atención: dos ojos brillando en la negrura que lo miran fijo.
Se escucha un maullido y Manuel respira aliviado.

—¿Por dónde te metiste, eh?

Aquellos ojos amarillos lo siguen mirando fijo, amenazantes. Detrás aparecen otro par y luego otro. Manuel siente que algo no está bien y todos sus músculos se tensan presa del terror.
Los últimos ojos que aparecen son diferentes al resto. Como si tuvieran una maldad ancestral. Manuel no puede quitarles la vista. Aquellos ojos parpadean y se elevan hasta la altura de su visión.

—Eso no puede ser un gato…

Se escucha una pisada y luego otra, lo que sea que es eso se está acercando. Manuel retrocede envuelto en pánico hasta que choca con la pared. La criatura se detiene bajo el marco de la puerta y sonríe, algo brilla en su mano derecha, algo filoso.
Manuel sale de su estupor y busca algo, lo que sea, sobre la mesada. Se topa con un vaso que estaba secándose. Lo toma y se lo arroja con todas sus fuerzas pero simplemente atraviesa a la criatura. Esta, sin dejar de sonreír, da un paso adelante y con el objeto filoso de su mano raya la heladera. Es real.
Manuel sigue tanteando, encuentra un jarro y se lo lanza. La puntería no lo acompaña y le pega a un gato que está sobre la heladera. El felino grita, pero la criatura se retuerce y retrocede cubriéndose un ojo.

—Gatos, te daño con los gatos.

Sin pensarlo dos veces, abre el cajón que está a su lado y saca el cuchillo más grande que encuentra. Escucha un maullido a su izquierda, sobre la mesada. Le descarga una estocada y le corta una pata. La criatura cae presa del dolor.
Los gatos van cayendo de a uno. Es una masacre. Corren por todos lados y Manuel fuera de sí va detrás de ellos.
Siente la sangre de su carnicería mancharle el cuerpo, pero no le importa, incluso lo está disfrutando. Un gato quiere pasar corriendo a su lado. Logra tomarlo de las orejas, lo alza y lo degüella fácilmente.

La puerta de entrada se abre bruscamente y cinco sujetos entran gritando. Manuel levanta sus brazos instintivamente. En su mano derecha aún sostiene el cuchillo ensangrentado. En la mano izquierda unos cabellos rubios manchados de sangre, con una pequeña cabecita oscilando.
Hay un ruido ensordecedor.
A Manuel le duelen los oídos y siente puntadas en el pecho.

Cuando la policía retira el cuerpo, la sábana que lo cubre no tarda en teñirse del rojizo color. Afuera ya se había concentrado una multitud de vecinos. Entre la gente hay un padre con su hija que sostiene un pequeño elefante rosa. El hombre reflexiona y decide protegerla de ese espectáculo inapropiado.
La toma en brazos y siguen caminando, ella con dulzura lo mira.

—¿Papá, Le voy a poder dar de comer a la Jirafa hoy?